viernes 8 de abril de 2011

Salvador Sostres, un chico normal y compasivo

No me apetece en absoluto escribir sobre un tipo de tan bajos valores. No me apetece porque además hacerlo significa ofrecer un reconocimiento público a su nombre y sus palabras. En el fondo es lo que busca. Sin embargo, su última probatura de desfachatez aplicada ha traspasado el límite del respeto a la inteligencia y dignidad humanas. No es la primera vez, no obstante, que consigue con su veneno insultar o herir a la sociedad, o al menos a una parte de ésta.

Lo de Salvador Sostres comienza a ser algo grave. Mucho más lo es que medios de comunicación dispuestos como serios den cabida a sus argumentaciones faltas de escrúpulo. Pero ese es otro tema. Que un señor pueda publicar en un diario como El Mundo, aparte queden prejuicios editoriales, un artículo como Un chico normal es cuestión que invita a la reflexión sobre los terrenos en que se mueve en la actualidad el periodismo y la fragilidad de valores en la opinión.

Aun así, no participaré de la quema pública de Sostres porque no alcanzo a ver justificación del asesinato que da pie al citado texto. No cuando afirma que “no puedo justificar ni justifico un asesinato, ni cualquier forma de maltrato tenga consecuencias más leves o más graves”. No cuando reitera que “no pienso que haya causas morales que puedan justificar matar a alguien, ni que puedan servir siquiera de atenuantes en el juicio”. Mucho menos cuando sentencia que el presunto asesino –todavía ha de hablar la justicia- “tuvo una reacción terrible, inaceptable e inasumible, criminal”.

Pero cuidado, no seré yo quien defienda a este espécimen cavernario, de los que todavía moran en nuestra sociedad de macro-edificios y pisos vacíos. No lo haré porque no lo merece. Más allá de la mirada que algunos obtienen de justificación de un asesinato, postura que no comparto, no al menos al cien por cien, existe un hecho mucho más deleznable. Sostres parece comprender y normalizar una situación que, lejos de moralinas progresistas y retahílas políticamente correctas, en ningún caso puede ser tenida en cuenta como comprensible o normal.

He ahí el gran insulto de Sostres, del que insisto creo no justifica ni realiza apología de la violencia del hombre sobre la mujer –es el término exacto-. Se identifica con el dolor de un hombre roto por un desamor y lo llega a dibujar como una víctima. “Porque un chico normal de 21 años que está enamorado de su novia embarazada, es normal que pierda el corazón y la cabeza, el sentido y mundo de vista, si un día llega a su casa y su chica le dice que le va a dejar y que, además, el bebé que espera no es suyo”.

Es normal que duela recibir tal noticia. No lo es que una persona reaccione como él lo hizo. Menos aún que alguien pueda entenderlo, compartir su dolor y dibujar trazos de amargura donde surgió el odio más recalcitrante. Todos nos podemos derrumbar ante situaciones adversas, casi crueles y efecto de la propia crudeza y realidad de la vida. Nadie debe, ni puede, responder quitando a otra persona lo más importante que tiene, su existencia.

“Es un chico normal que se rompió por donde todos podríamos rompernos”. No por ello ha de recibir la absolución moral por sus pecados, fuera del régimen religioso sea dicho. “Porque hay muchas formas de violencia, y es atroz la violencia que el chico recibió al saber que iban a dejarle y que el niño que creía esperar no era suyo”. Por supuesto, es un varapalo horrible y que a nadie debe ser deseado. Cosa distinta supone que sea un acto de violencia y menos aún que pueda ofrecer como resultado un asesinato.

La vida golpea, es dura y a veces incluso, me reitero, aparece hostil y cruel. Pero en ningún caso otorga la posibilidad de una respuesta semejante. “Es un chico normal sometido a la presión de una violencia infinita, una violencia que no por ser física es menos violenta”. La violencia, entendida como la entiende Sostres, es la misma que desazona al empleado que pierde su plaza laboral; al padre –y madre- de familia que nada tiene que dar de comer a sus hijos; al matrimonio que observa a su familia en la calle o cerca de ella porque no llega a la hipoteca con que le asfixia el banco o la caja de ahorros; al niño desamparado por unos progenitores que le maltratan o abandonan a su suerte; a la persona que se sume en la más profunda crisis existencial por culpa de la voracidad infernal de una sociedad que se corroe a sí misma.

Si toda esa "violencia" se tradujera, según Sostres, en idénticas respuestas, cada rincón de este planeta sería un inmenso y asqueroso charco de sangre. Asqueroso porque ahí quedarían representadas las vergüenzas de un mundo que se olvida del ser humano y en el que éste mismo no se ve como tal sino como una pieza más de una máquina que no puede, no le permite, fallar ni el más mínimo descanso.

No existe posibilidad alguna de que cada acto de “violencia” existente y visto en las interminables injusticias sociales pueda resultar una excusa para contestar de manera criminal. Es ahí, señores y señoras, donde reside la gravedad del artículo del señor Sostres. Porque es imposible señalar como normal, ni siquiera como posible, una reacción como la de este presunto asesino. Porque no hay fórmula para dibujar como víctima de su propio asesinato a la persona que lo comete.

Es ahí, insisto, donde reside la gravedad de las palabras del insultante articulista de El Mundo. Es inadmisible que nadie en su sano juicio pueda describir la realidad de la forma en que él lo hace. Resulta intolerable que se escriba compasivamente sobre alguien que cometió el peor de los actos: quitar la vida a otra persona. No ha de haber resquicio a la repulsa absoluta a un asesinato que, además, se engloba en una lacra que ensucia nuestra sociedad. La mujer no es un objeto del hombre y éste no puede tomarse la revancha de tan vil forma.

No justifica el asesinato el señor Sostres. Pero es mucho peor lo que realiza: un ejercicio de comprensión y normalización de un asesinato. Se trata de un nuevo ejemplo de su ya peculiar forma de ver y describir la realidad. Una forma sucia y de baja calaña que representa la falta de sensibilidad y valores de nuestro hoy en día.

1 comentarios:

pcjamilena dijo...

Después de leer tu crítica, donde pones en su sitio a ese, “acomplejado” S. Sostres, me quedo más tranquilo saber que hay alguien que, por lo menos, utilizando sus mismos medios, lo corres a sopapo limpio. Estos individuos entre lo que escriben y lo que largan en determinadas cadenas que, para eso están, son insaciables y no tienen límites. Son como esos conductores que, habiendo perdido todos los puntos, seguirán conduciendo sin carnet, borrachos, sin seguro, con exceso de velocidad y saltándose todos los semáforos en rojo. Al menos que reciba su merecido y de paso queden al descubierto de quien les paga su “libertad de expresión"