martes 19 de abril de 2011

Guillermo Fernández Vara

Por Gabriel Corbacho, periodista. Para leer más de él...
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Imagen del diario extremeño Hoy.
Fotografía: Hoy

En las últimas semanas, la sucesión a Zapatero en el PSOE ha sido el único tema político que ha podido robar titulares mediáticos a la corrupción, a esa epidemia que se extiende sin límites en nuestro país. Periodistas, analistas políticos y militantes socialistas han apostado por distintos caballos ganadores en esta carrera para enderezar el rumbo del partido ante las elecciones generales de 2012. Hay dos candidatos que parecen ir con ventaja. El primero es Alfredo Pérez Rubalcaba. A su favor se argumenta que tiene una larga carrera política y que, para muchos, se ha convertido en algo más que la cabeza visible del Gobierno en la legislatura actual. En su contra se recuerdan sus posibles “malas prácticas” en la lucha antiterrorista, recogidas en los sumarios judiciales de los casos GAL o Faisán.

La segunda candidata mejor posicionada es Carme Chacón. Ha sido una de las políticas más importantes desde el regreso del PSOE al poder en 2004. Está ocupando con éxito una de las carteras más difíciles y más masculinizadas históricamente, la del Ministerio de Defensa. Su cara ha cambiado en los últimos días: desde que su nombre está en las quinielas sucesorias, luce un rostro radiante, con una felicidad inocultable. Sin embargo, voces internas de su partido le han cortado las alas al sueño de Chacón. En los últimos tiempos, las tensiones entre La Moncloa y la Generalitat vuelven a aflorar después de la puesta en marcha de las políticas de Artur Mas y Convergencia i Unió. Por ello, parece muy arriesgado que los socialistas elijan a una líder catalana para ser la primera mujer con opciones firmes de ser Presidenta del Gobierno en España.

Pero han sonado otros futuribles. Entre ellos, me han llamado la atención muy especialmente dos. Uno es Eduardo Madina, joven político vasco que, antes de ser Diputado, sufrió un atentado de ETA por el que perdió la pierna izquierda. Políticamente, lo conozco por sus intervenciones en las sesiones del Congreso. Recuerdo un día de diciembre del año pasado en el que, desde la tribuna de público del salón de plenos, pude ver el protagonismo que Madina tiene en el grupo parlamentario socialista. Aquel día gesticulaba indignado cuando, desde la tribuna de oradores, el portavoz de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, acusaba al Gobierno de dejar de lado al Sahara Occidental. Todo lo que Llamazares argumentaba era veraz, pero Madina movía la cabeza y las manos, con sonrisa irónica, como si se sintiera agraviado. Fue una actitud propia de un “palmero de partido”, pero no quiero juzgarlo con tan pocos conocimientos sobre su labor. Es cierto que su carrera se encuentra en pleno ascenso, pero pensar en un salto a la secretaría general del PSOE parece exagerado y poco probable.

Fernández Vara en un acto.
Fotografía: Gabriel Corbacho
Al otro futurible que más me ha sorprendido lo conozco más. Diría que incluso me ha impactado saber que lo han incluido en la lista de posibles sucesores. Es Guillermo Fernández Vara, mi presidente. No digo “mi presidente” porque yo sea simpatizante de su partido, sino porque es quien gobierna en mi región, Extremadura. En cada una de sus declaraciones, deja claro que no aspira a ser líder del PSOE ni a gobernar España, sino que su horizonte político está en Extremadura y nada más. Por eso mismo, me sorprende especialmente que alguien haya propuesto su nombre. Algo bueno deben haberle visto.

Por si no lo conocéis, os lo presento sin ánimo de hacer un “copia y pega” de datos de la Wikipedia. El presidente extremeño es de Olivenza, localidad fronteriza entre Badajoz y Portugal. Tiene 52 años y es médico forense. Y cuidado con esto, que puede parecer sorprendente: estuvo afiliado a Alianza Popular antes de ingresar en las filas del PSOE. Y es tradicional en cuanto a sus creencias y aficiones: es católico y le gustan los toros. Creo que esta oscilación entre dos ideologías de sus inicios políticos no es negativa, sino que viene a asentar su visión de España como un conjunto cohesionado y en el que todos sus miembros deben ser solidarios. Pero no es un hombre de extremos ni de mente cerrada: aunque su política no es muy catalanista, por ejemplo, una de sus aficiones, curiosamente, sí: es un reconocido simpatizante del Barça.

Me parece un gobernante muy cercano al pueblo, y resalto esto como algo importante porque en Extremadura hay muchos pueblos y muy pocas ciudades. Antes de llegar al gobierno regional, adquirió buena experiencia al cargo de dos Consejerías extremeñas con mucho contacto con el ciudadano: Bienestar Social y Sanidad y Consumo. Tras la retirada de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, recibió el casi total apoyo de su partido para tomar el testigo y ganó las elecciones autonómicas de 2007 con mayoría absoluta. En la comparación con su predecesor se pueden destacar muchos matices. Frente a la incontinencia verbal del “Bellotari” Ibarra, protagonista en los medios de comunicación nacionales por sus críticas a casi todas las controversias y “realidades nacionales” de nuestro país, Fernández Vara es un hombre mucho más comedido, pero igual de crítico. Sin embargo, su crítica es mucho más constructiva, ocupa menos titulares pero da una imagen mucho más moderna y positiva de la región a la que representa. Por lo tanto, parece que el Ibarra de la política actual no está en Extremadura, sino en Cantabria, y se apellida Revilla.

En estos cuatro años en el poder, el presidente extremeño ha hecho de todo: además de hacer política, ha recorrido toda Extremadura en numerosas ocasiones, ha contestado muchísimas entrevistas en medios de comunicación nacionales, ha escrito a menudo en su blog y en su cuenta de Twitter, ha colaborado incluso como columnista del diario Marca… No se le puede pedir nada más en cuanto a imagen y buena reputación. Sin embargo, ¿cómo ha mejorado Extremadura en estos cuatro años? Es difícil responder esta pregunta. El paro no ha disminuido. La región sigue a la cola en resultados escolares y económicos. El AVE no ha llegado a Extremadura, ni se le espera a corto plazo. La candidatura de Cáceres para ser Ciudad Europea de la Cultura en 2016 no ha prosperado, a pesar de que se ha gastado mucho dinero en ella. La crisis económica, y no el Gobierno Autonómico, han frenado temporalmente la Refinería proyectada en Tierra de Barros y su consiguiente coste ecológico. Los jóvenes siguen saliendo de la región y el campo sigue con depresión.

Pero tampoco hay que ser excesivamente críticos con la labor del presidente extremeño. La coyuntura española es muy negativa y afecta colateralmente a todas sus comunidades autónomas. Y Extremadura es un lugar en el que se vive bien, a pesar de estar a la cola del país en muchas estadísticas importantes. Guillermo Fernández Vara lo sabe perfectamente y, por eso, valora lo que tiene, aunque sea poco, consciente de que en estos momentos no se puede mejorar mucho. No se puede negar que conoce perfectamente la realidad extremeña y la siente suya. Quizá por eso, trata a sus paisanos como a su familia. Cuando saluda a un joven, le da un beso en la frente y un coscorrón como si fuera un hijo. Cuando saluda a una mujer mayor, le da el beso que le daría a su madre. Con esos gestos demuestra que se siente parte de una gran comunidad, una familia extremeña en la que todos tenemos que arremangarnos y hacer muchos esfuerzos colectivos para sacarnos adelante. Pero él tiene que hacer siempre el primer esfuerzo, eso debe quedar claro.

Hasta aquí llega el perfil que he trazado, con mucha subjetividad, sobre Guillermo Fernández Vara. Espero que no sirva de propaganda, ni en su favor ni en su contra. Mi intención al escribir esto es que sirva para dar luz a su figura política, para que quien no lo conozca se haga una idea, aunque sea estereotipada, de cómo es mi presidente. Porque, quién sabe, lo mismo cambia de opinión y opta a ser líder nacional del PSOE. Y en las elecciones primarias de los partidos puede pasar de todo, porque se depende más que en ningún otro proceso electoral de amiguismos, intereses del tipo “si yo te doy tal, tú me das cual”… En definitiva, puede pasar cualquier cosa. Vamos: que lo mismo hasta gana José Bono.